El centro espacial europeo mira hacia el futuro con nuevas instalaciones

EFE |  Cuatro décadas después de instalar en la Guayana Francesa su puerto de acceso al espacio, la Agencia Espacial Europea (ESA) lo ha sometido a un atractivo proceso de renovación para hacer hueco a la nueva generación de cohetes Ariane 6.

En un ejemplar de la anterior, el Ariane 5, partió este sábado con éxito BepiColombo, la primera misión europea a Mercurio, pero el organismo se adecua a las exigencias del mercado con esa nueva solución más competitiva, que reduce sus costes de explotación en entre un 30 y un 40 %.

Los 700 kilómetros cuadrados de ese centro espacial en el nordeste del continente suramericano, entre Brasil y Surinam, son escenario del trabajo de 700 empleados, que desde junio han acelerado el ritmo día y noche para que el primer despegue del Ariane 6, según lo previsto, tenga lugar en julio de 2020.

En el centro espacial se han invertido 600 millones de euros en la nueva zona de lanzamiento, cuyas obras comenzaron en 2015 y están optimizando la temporada seca, entre agosto y noviembre, para finalizar cuanto antes las estructuras más expuestas.

La nueva versión que prepara del cohete para cargas pequeñas Vega, el Vega-C, que aprovechará las instalaciones del anterior y esperan tener operativo en 2019, se suma a los esfuerzos para no dejarse comer el terreno por competidores recientes como la compañía privada estadounidense de viajes espaciales SpaceX.

La agencia espacial francesa (CNES), propietaria formal del centro y responsable de su gestión y seguridad, llegó a Kurú en 1964, y una década después la ESA eligió como sede de su actividad espacial ese mismo lugar, compartido también por Arianespace, que proporciona servicios de lanzamiento de satélites y dispositivos orbitales.

Estar a solo 500 kilómetros al norte del Ecuador de la Tierra, ideal para lanzar satélites a la órbita geoestacionaria ya que apenas hay que modificar su trayectoria, fue el principal atributo y una ubicación estratégica que lo destaca del cosmódromo ruso de Baikonur, en Kazajistán, o el estadounidense Cabo Cañaveral, ambos mucho más al norte.

Una zona además al margen de terremotos y huracanes, en la que la jungla y el océano que la arropan, con unos 50 kilómetros de costa, proporcionan un extra de seguridad. "Pero esto es como un aeropuerto, hay una necesidad continua de mantenimiento.

El clima presenta un desafío, es caliente y húmedo. Queremos mantener el 'statu quo', pero también modernizarnos y evolucionar", explica a EFE Charlotte Beskow, jefa de la oficina de la ESA en Kurú.

El Ariane 6 está contemplado que reemplace completamente al 5 en 2023 y junto con el Vega-C se sumará a una familia compuesta también por los cohetes Soyuz, de fabricación rusa, con los que el centro espacial, que ya era capaz de lanzar cargas pequeñas, medianas y grandes, enriquece sus prestaciones con mejores costes.

Las cifras que maneja evidencian la magnitud del lugar: genera 4.600 empleos, 1.700 de ellos directos, en los que el 70 % de trabajadores tiene un contrato local, y la actividad económica que suscita equivale al 15 % del Producto Interior Bruto (PIB) de la Guayana Francesa.

Las palmeras y la frondosa vegetación de la estación, cruzada incluso por un río y vías ferroviarias desde las que el Ariane 5 pasa de la plataforma de ensamblaje a la de lanzamiento, están salpicadas por factorías de producción de combustible espacial y de propulsores.

El centro tiene un presupuesto de operativo anual de 180 millones de euros, de los que la ESA financia dos tercios y el CNES el tercio restante, y el funcionamiento de algunas gestiones, según admite el responsable de la infraestructura de lanzamientos, Davide Nicolini, necesita también una revisión.

"No es indispensable, pero podemos mejorar para reducir costes", resume el ingeniero italiano de cambios que contribuyan a racionalizar los recursos en un lugar en el que la tecnología puntera de su interior convive en con la austeridad de sus edificios.

 

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