Educación, primero en casa

Recuerdo el esfuerzo que en casa hacía nuestra madre, Carmen Rodríguez Auerbach, por enseñarnos reglas mínimas de urbanidad y buena conducta, aunque para ello tuviera que utilizar a “matea” (rejo) si no hacíamos caso y salirnos por la tangente.

 

Tuvimos que aprender a dar las “gracias”, a pedir las cosas “por favor”, a saludar con respeto, y hay de aquel que se atreviera a corregirla o desmentirla cuando ella conversaba con otra persona.

En fin, algunos dirán que eran otros tiempos y que ahora la ley castiga a aquel padre que se atreva a meterle una “nalgada” a su hijo. Pero a pesar del supuesto castigo corporal, ninguno de nosotros quedo traumatizado o acomplejado; sino todo lo contrario.

Incluso, sentíamos orgullo cuando alguien comentaba “que niño más bien educado”. Sabíamos respetar a los mayores. Con el tiempo las cosas han cambiado. Hay leyes que castigan al padre que se atreva a castigar a su hijo con un “correazo” porque olvidó las normas de buena conducta y respeto.

Nos hemos ido acostumbrando e incluso a soportar situaciones de pésimo gusto y preferimos no involucrarnos para evitar que ese niño o adolescente se salga de la tangente y nos increpe “por meternos en lo que no nos importa”.

¿Culpables? Todos los miembros de una sociedad permisible y amante del relajo y comportamientos que riñen con la decencia y que en forma alguna constituyen un buen ejemplo para nadie, es parte del problema.


La vulgaridad y el pésimo gusto, incluso en algunos medios de comunicación social, formamos parte de esa deformación de valores. Igual, entre otros, los políticos que han convertido la corrupción en un arma para ser cada vez más ricos e incluso los educadores que en muchos casos para nada son un ejemplo de conducta como lo fueron antaño.

En fin, muy pocos se salvan. Ya los hijos hacen cosas frente a sus padres que antes eran impensables como, besarse con el enamorado frente a ellos, fumar, libar lico y decir palabras obscenas. Al final, todos somos culpables de esa excesiva tolerancia.

* El autor es periodista.

Euclides Corro
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