Descaro vs desvergüenza

Alguien me decía que para decir mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado con las espinas. Eso es cierto.


Sin embargo, hay quienes hacen de lo anterior un arte aunque con el tiempo se atoren al intentar también comerse la desvergüenza. Hay políticos que ya ni siquiera les da pena ir a los medios a mentir aunque saben que nadie se traga sus versiones y que la pena la han ido perdiendo al igual que el peso corporal. Por ejemplo, aquel individuo que a sabiendas que era ciudadano norteamericano ya que había renunciado a la panameña, logró la complicidad de los que tenían que determinar esa evidente ilegalidad y al final conseguir su objetivo.


Pero como Dios no castiga palos, sino lengua, al poco tiempo más pudo su actitud delincuencial y como lo que empieza mal termina, cayó en las garras de una “propuesta indecente” y tuvo que renunciar al puesto porque como decíamos, “fue sorprendido con las manos en la masa”.


Al ser investigado y ante las pruebas de una grabación, toda vez que de sus propios labios salió la aceptación del delito cometido y por tanto, quedó expuesto a ser enjuiciado.


Tuvo la suerte que sus copartidarios llegaron al poder y de una manera u otra ha conseguido que el juicio se siga aplazando una y otra vez, en una clara demostración de que enfrentamos una justicia selectiva.

El tiempo se le agota y ante la muy cierta posibilidad de que tenga que ir tras las rejas, nos sale ahora con el cuento que fue forzado a renunciar del puesto, cuando el asunto no es si lo obligaron. sino que él mismo aceptó públicamente que exigió una coima a una empresa interesada en construir una obra en la entidad donde “él reinaba”. Olvidó aquella frase muy sabia que a la letra dice: “a confesión de parte, relevo de culpa”. No hay más nada que decir, eso creo.

Euclides M. Corro R.
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* El autor es periodista.

 

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