El Auristán

Cristóbal Colón alucina con el destello amarillento de los pectorales de oro con los cuales Quibián y sus nobles lo reciben a su llegada a Veragua.

La codicia le evita descubrir el Mar del Sur y el estrecho de Catigara con el cual soñaba. La lettera rarísima, escrita en Jamaica, le habla a los reyes de España de la tierra del oro, el Auristán que tanto ambicionaban.

La gobernación de Castilla del Oro surge como consecuencia y Panamá se convierte en El Dorado, la tierra de la riqueza fácil.

La quimera del oro determina el devenir de la nación panameña. El juega vivo español aquí se asienta, en el Siglo XVIII somos el epicentro del contrabando colonial, aquí todo se compra y vende. Las Ferias de Portobelo son el puente y plataforma del comercio hispano.

El ferrocarril interoceánico es el primer gran negocio de Wall Street. El escándalo del canal francés, hace de Panamá sinónimo de corrupción.

El canal estadounidense favorece la expansión del Coloso del Norte. La Zona libre es el gran emporio comercial que atrae a entes delictivos.

Las águilas imperiales valoran la posición estratégica del país y proyectan un canal interoceánico que favorezca sus intereses. Inglaterra cede y Wall Street hace de Panamá un protectorado.

Panamá es asaltada por los piratas contemporáneos, empresarios y políticos hacen los grandes negocios, el narcotráfico se hace rey y el contrabando de armas hacen del lucro un fluir de riquezas ilícitas.

La injerencia de las mafias internacionales como los papeles del capitalismo salvaje afectan la economía nacional.

El juega vivo es la norma, la corrupción institucional nos lleva hoy hacia el despeñadero.

Somos un mercado persa, un gran supermercado de vanidades. Vivimos en una sociedad amoral sin valores cívicos, morales y patrióticos. Me duele Panamá.
* El autor es docente y escritor.

Ricardo Ríos Torres 
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