Los privados de libertad

Pocas garantías fundamentales se vulneran tanto como las de los privados de libertad, especialmente en países emergentes como el nuestro, donde el tema es visto por muchos al tenor del concepto “quien la hace, que la pague”.

Hacinamiento, mora judicial escandalosa, infraestructuras de pesadilla, carencia de servicios de salud apropiados, alimentación deplorable, son elementos que hacen de los centros carcelarios lo más distante que puede haber de una pretendida resocialización de los detenidos.

 

 

Y es que las cárceles solo son centros de castigo, métodos de llana retaliación de la sociedad para con quienes, culpables o no, terminan en estos reclusorios. Lo más paradójico es que como en poco o en nada contribuyen a la contención de los delitos, terminan por multiplicarse como esporas en proporción adelantada al crecimiento de la población.

 

 

 

También son terreno abonado para las promesas periódicas de los políticos que recomiendan fórmulas demagógicas para erradicar el problema. Hasta no entender que se trata de una violación institucionalizada de los derechos humanos, nuestra sociedad continuará eternizándola.

 

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