EDITORIAL : El gasto y el despilfarro

Gastar. Tal es el concepto que literalmente rige la gestión pública en el país. En un esquema así es obvio que términos como planificar invertir y ahorrar tengan importancia relativa ya que el principio es acabar con lo haya. Cómo, si no, se van decenas de millones en partidas discrecionales para el Ejecutivo mientras la Asamblea destina sumas parecidas a viajes de los señores diputados; otro tanto los magistrados de la Corte y muchos más por cuenta de otros altos funcionarios del gobierno.

De esta manera, el presupuesto del Estado es un colador por el que fluye el despilfarro de recursos que jamás pueden ser destinados a solucionar problemas verdaderos, necesidades sentidas, esperanzas frustradas de cientos de miles de panameños.

Y lo peor, los dineros dilapidados en asuntos sin importancia mayor – como la compra de licores para fiestas oficiales y el pago de lujos para servidores públicos – son resultado del sacrificio de los ciudadanos que, con su trabajo convertido en impuestos, financia esta forma de desgreño administrativo.

Mientras ello persista, cómo es posible hablar de desarrollo participativo e inclusivo.

 

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