Nicaragua, pendiente de la decisión de Ortega

La salida a la grave crisis que vive Nicaragua pasa, paradójicamente, por el hombre que la ha provocado.

Daniel Ortega ha pedido tiempo “para reflexionar” sobre la exigencia – sin modificación posible- de su alejamiento del poder, con la posibilidad de hacerlo mediante el adelanto de elecciones generales.

Y no está en condiciones de negociar, porque ya está solo. Perdió el respaldo popular ante el hecho de que las bases del sandinismo lo consideran traidor a los principios del movimiento y lo acusan de haber enriquecido a su familia de forma escandalosa, apropiándose del país y del erario.

Perdió el respaldo del sector privado que hoy reconoce con vergüenza haberlo respaldado durante 10 años mientras arrasaba con las instituciones públicas.

Lo defienden escuadrones irregulares armados que con francotiradores y perros de presa han asesinado a más de cien ciudadanos, especialmente jóvenes que con coraje desafían al régimen.

Si el cauce no se ha desbordado hasta los ajusticiamientos de la Rumania de los 80, se debe al papel desempeñado por la iglesia que, además de cobijar a quienes a diario se juegan la vida en las protestas, tiene muy presente que los únicos pueblos que pueden optar por una guerra abierta son aquellos que no la han padecido.

Y Nicaragua ya vivió una, sangrienta y prolongada, contra la dinastía de los Somoza que le costó 65 mil vidas, incluyendo la confrontación con los Contras.

Los jerarcas le han advertido al dictador que, o acata el ultimátum, o hunde a la nación “en ríos de sangre”.

 

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