Periodismo, el mejor oficio del mundo

El título de esta columna es la visión de Gabriel García Márquez de la profesión que ha sido objeto de debate en las redes sociales, dentro de la celebración del día del periodista. Colegas debatían acerca de su misión y de la realidad -a veces ajena- a ese ideal de ser la voz del pueblo y pilar del desarrollo de la sociedad, concebido en las aulas universitarias, que nos lanzó al mundo con espíritu quijotesco.

Las funciones del periodismo -nos grabaron- eran informar, orientar, educar y entretener. A medida que conocimos su influencia, entendimos la denominación “cuarto poder”. Los dueños de medios, empresarios y políticos, nos aterrizaron en que este es un negocio, además lucrativo, aún a costa de la ética y de lesionar la libertad de expresión.

El escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinski lo resume así “cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”.
Gracias a la tecnología y a las redes sociales, cada vez más profesionales se vuelven empresarios buscando contrarrestar este desequilibrio, pero la mayoría todavía depende de un empleo, y quien paga manda.

Un buen periodista debe estar informado, saber dicernir, dar a conocer las dos caras de la moneda, formarse de manera integral, ser exigente consigo mismo, orientar con honestidad y ser un relator analítico. De lo contrario, caeríamos en la premisa de Joseph Pulitzer, “una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá un pueblo cínico, mercenario y demagógico”. La de la periodista italiana Orianna Falacci, en cambio, catapulta la profesión. ¿Qué otro oficio permite a uno vivir la historia en el instante mismo de su devenir y también ser un testimonio directo?

Pero, entre tantas frases que definen el oficio, también para mí el mejor, me quedo con otra de Kapuscinski: “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos.

Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias.

Y, ¡por supuesto! con la de Rosa Montero, “el periodista debe tener ambición. Ambición de escribir bien, más allá de lo circunstancial y lo efímero”.

*Comunicadora social.

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