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“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia”.
Preocuparse por lo que no puedes cambiar no te dará paz. El resentirse, amargarse o el sentirse culpable por cosas que no se pueden cambiar, no te dará paz.

Nos lo dicen, no sólo los textos de ética, sino también la propia experiencia socio-política: sin valores es imposible obtener un auténtico cambio, una verdadera revolución institucional. A lo sumo, se puede lograr con una buena voluntad.

Todos los movimientos transformadores, a lo largo de la historia, han comenzado siempre por plantearse y dar vida a un pensamiento revolucionario plasmado después en cambios substanciales. Frente a la terrible crisis de valores que afecta a todos los estamentos de nuestra sociedad, hay que plantearse las exigencias de un verdadero rearme moral y diseñar, para ello, estrategias conducentes a un cambio en la escala de valores.

Una de las premisas básicas para tener un alto nivel de felicidad es ser fiel a esa escala de valores. Es decir, ser honesto con uno mismo y consecuente con la forma de pensar.

Pero lamentablemente nuestra sociedad está marcada en cierta forma por el relativismo ético, es decir, por el “todo vale” o el pensamiento retrogrado de “son cinco años de rebusca”.

El bien sería interpretado desde este punto de vista como “lo que es bueno para mí” dentro del contexto de una sociedad individualista. Estas son cosas que directamente no podemos cambiar; es un error humano, tenemos muchas contradicciones internas. Por ejemplo, podemos pensar una cosa y hacer lo contrario.
Pero, se hace imprescindible poner en práctica el Código de Hammurabi contra esos gobernantes corruptos, donde se fundamenta que ni un monarca tiene la capacidad de cambiar la ley, porque son leyes escritas en piedra, que deben ser inmutables.

El bien de las personas es el reconocimiento y protección de los derechos humanos: vida, libertad, participación, democracia, soberanía, autoridad, representación del poder, Estado y gobierno, entre otros. Por favor, respetemos este agónico derecho, es lo único que nos queda.

Ernesto Maytín III
emaytin04@gmail.com
*El autor es docente.