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Hablemos de promesas y de mentiras

Todo candidato electo llega al poder en medio de las expectativas que logró despertar durante la campaña electoral en la que, con promesas y juramentos, convencieron a los que por muchas razones todavía confían en que los políticos son gente seria, al menos en su mayoría.

Una vez, hace algunos procesos electorales, analizaba esta situación y señalaba que en definitiva el gran problema de los panameños es que les encanta el cuento y que, lógicamente, si un candidato no utilizaba este elemento, aunque fueran mentiras, difícilmente podría lograr su objetivo. Obviamente esto está mal.

No descarto que existan dosis de honestidad y de buenas intenciones. Los que en verdad están comprometidos con el desarrollo del país y su gente. Sin embargo, para que eso ocurra habría que decir verdades. Por ejemplo, que todo es posible en la medida que el pueblo esté dispuesto a esforzarse y hacer sacrificios. Que en esta vida nada es gratis.

Que hay que trabajar. Dejar de pensar que los gobiernos están para servirse de él y que los que sean electos para administrarlo tienen que afectar intereses creados, exigir que todos, en el sector público y en el privado, tengan que trabajar de verdad.

No es cuestión de dádivas, de regalar dinero, de patrocinar el menor esfuerzo, que tarde o temprano el presidente electo tiene la varita mágica para resolver los problemas, sin importar su magnitud. En fin, decir la verdad, dejar en claro que nada es posible sin dosis de sacrificio.

Por supuesto que a nadie le gusta escuchar y menos hablar de esto. En el fondo todos sabemos que un país, por grande que sea, no avanza sin que cada individuo esté dispuesto a hacer su parte. Por eso es que cuando termina “la luna de miel” entre el electorado y los que llegaron a la silla presidencial, se comienza a observar el desgaste entre las promesas y lo cumplido. La “burbuja” se rompe.

Los sueños se convierten en una pesadilla. Los “regalos” no alcanzaron para todos y viene la decepción.

Es una pena que esto ocurra, pero siempre pecamos de ingenuos, porque en el fondo todos sabemos que es imposible garantizar agua potable en cada residencia y rancho que hay en el país. Igual que es imposible acabar con la delincuencia y la ola de violencia.

Que no habrá funcionarios corruptos. Que la justicia no es tan ciega y que a los poderosos no les interesa otra cosa que tener más poder. Así de simple.

Euclides M. Corro R.
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*El autor es periodista.

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