Adiós a la calidad de vida

Para miles de panameños la frase “calidad de vida” es nula, y hasta podría afirmar que hay gente que no sabe su significado. Tranques desde Panamá Este obligan a las personas a despertar temprano porque, sea como sea, las constructoras han obligado a los ciudadanos (avalados por las entidades de gobierno que les otorgan los permisos de construcción) a comprar casitas de monopolio en las afueras de la ciudad, mientras los enormes edificios en el centro son reservados para extranjeros que vienen con miles de dólares en mano.

Como la mayor cantidad de ofertas laborales están en la capital, quienes viven lejos deben madrugar para llegar a tiempo y disfrutar (nótese el sarcasmo) del congestionamiento vehicular que, a la larga, se vuelve parte de sus vidas; muchos transitan por inercia sin ver cómo sus vidas se esfuman frente al volante. Ahora, ¿dónde están los cierres de calles para exigir una mejor viabilidad, o que el Estado obligue a las constructoras diseñar edificaciones más asequibles? Y, cuando creíamos que esto era normal en Panamá Este, Oeste (Arraiján y La Chorrera), desde hace unos 2 o 3 años el embotellamiento sobrepasó los límites y alcanzan distritos y corregimientos como: Capira, Campana, Bejuco, Chame, San Carlos y hasta parte de Coclé.

Es muy triste que los fines de semana cuando las personas deciden salir de la ciudad, alejarse del mundo ajetreado e ir a la playa en el Pacífico, o El Valle de Antón, tengan que pasar horas en el camino por la congestión que surge hacia el área, puesto que los complejos crecen de forma vertiginosa; sitios que en muchos casos no están ni cerca del mar, espacios alejados de la ciudad en los que la gente anhela relajarse. La parte más triste no es pasar tiempo en el camino, sino que todos estos complejos tienen piscinas y tanques de reserva siempre llenos. Mientras, el interiorano de a pie, que no vive en un complejo de fin de semana, de milagro le salen dos gotitas del grifo y ¿en época seca? Hubo corregimientos en San Carlos que, a inicios de año, no tenían agua en el día, y en la noche les llegaba de a poquito. ¿Qué cambió?

Seguimos pensando en explotar zonas turísticas a costilla de lo que sea, con las mismas calles, las mismas tuberías de agua, ya sean del cerro, sistemas de acueducto o potabilizadoras. No pensamos en el daño que se le hace a quienes viven en esos lugares. Y, si seguimos así, de la misma forma en que han desplazado a la gente de la ciudad hacia sitios alejados, de aquí a 10 años terminaremos viendo cómo las zonas del Pacífico y áreas turísticas solo serán para gente con ingresos altos; el pobre no tendrá acceso a la playa, porque al paso que vamos, hasta esa ley de que ríos y mares son libres, terminará en una leyenda urbana. Si no atendemos esto ahora, en el futuro no habrá calidad de vida ni para quien vive en el interior. Dejemos de escuchar políticos que cada 5 años aparecen y piden votos con suéteres de mala calidad, arroz, porotos y prometen más que un príncipe convertido en sapo. Es el momento de tomar el control, pensar en nuestro futuro y no en la rosca que regalan en Navidad. Hoy nos regalan comida, mañana nos quitarán hasta el agua.

Lineth Rodríguez
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*Editora Metro Libre.

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