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El palacio de Las Garzas no fue concebido en su momento como sede presidencial.

Luego de servir de aduana en tiempos remotos, evolucionó atrapado entre las primeras edificaciones republicanas y tras varias adaptaciones terminó por albergar la jefatura del Estado de manera definitiva.

Sucesivas administraciones, luego de pensar en cambiarlo de lugar, adquirieron predios aledaños para ubicar servicios de la esfera del Ejecutivo.

En los últimos tiempos, como nuestros gobernantes no tienen ni un palacio a lo Chapultepec mexicano, ni uno a lo peruano Pizarro, se le han ido agregando, esta vez una decena, de portones de hierro “por razones de seguridad”, que así como incomodan a los vecinos y debe horrorizar a Patrimonio Histórico, para cualquier visitante es buen ejemplo de esperpento agregado a nuestra oferta turística. Qué lástima, porque no hace falta y, en cambio, afea.