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Más allá de  promesa,  determinante para alcanzarle el favor del electorado -y pendiente de cumplimiento por parte del actual gobierno- Panamá demanda una nueva constitución. No puede depender de condiciones, ni siquiera del propio mandatario, ni de  razones distintas a las de lograr  un ordenamiento institucional que nos lleve a la modernidad  como  sociedad.

Esto pasa por cambios radicales en las estructuras   de la República, ancladas muchas  en moldes decimonónicos. No una nueva carta política para reemplazar al actual gobierno o acortar su mandato. Sí para desarrollar un sistema que instaure una justicia verdadera por lo eficaz y ajena, como los demás elementos neurálgicos de la vida nacional, a la política como la vivimos en la actualidad, la cual ha pervertido los valores fundamentales de la democracia.

 El presidente bien puede inscribir su nombre en nuestra historia con mucho más que eso: puede ser el Reformador.