Durante décadas una parte del pensamiento católico en América Latina asumió una postura incómoda pero necesaria, la de cuestionar las estructuras económicas y políticas que perpetuaban la pobreza.
Una parte de los sacerdotes, religiosas y creyentes en su momento entendieron que la fe no podía limitarse a los rituales y tradiciones. Por lo que denunciar y exigir condiciones de vida más justas no es hacer política, sino vivir coherentemente el mandato cristiano.
Hoy, en medio de nuevas formas de desigualdad, valdría la pena recuperar ese impulso crítico. Una fe que no cuestiona la realidad corre...